Un Diario Propio
 
Por Rubén Darío Buitrón,
 Migrapress.Quito-Ecuado
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Finalmente el Presidente ha logrado uno de sus objetivos: tener un periódico oficial. En medio de su particular manera de celebrar las fiestas de Guayaquil, Rafael Correa anunció que el tradicional diario El Telégrafo, el más antiguo del país y hoy en manos del Estado, será un ejemplo de verdadera información.La propuesta del Mandatario parecería ingenua o idealista, pero no: es parte de su estrategia de contar con medios de comunicación propios (con todas las connotaciones que tiene esta palabra).Si leemos las entrelíneas y los ejes subterráneos por donde se mueve la confrontación de Correa con la prensa nacional, el gobierno contará con un espacio a su servicio, que desde el periodismo oficialista le permitirá confrontar a los medios bajo el argumento de que estos no informan lo que quiere saber el país.Cuando asegura que lo más difícil de sus primeros seis meses ha sido su enfrentamiento con la prensa pero que, gracias a Dios, la gente ha aprendido a creer en nosotros, el Presidente confirma el plan que venía afinando desde que asumió el poder el pasado 15 de enero: primero, crear el enemigo.



 Después, crear el arma para combatirlo.Pero detrás del discurso oficial de convertir al viejo periódico guayaquileño en un diario público que defenderá el interés del públicoy no otros intereses, hay omisiones que nos atañen a todos: si El Telégrafo pasó a manos del Estado para compensar a los perjudicados por la quiebra del Banco del Progreso, el Estado somos los 13 millones de ecuatorianos .Y si el Estado somos todos,El Telégrafo es propiedad de todos y no del régimen de turno. Sin embargo, nadie nos ha preguntado qué tipo de periódico quisiéramos.

 Nadie ha consultado nuestra opinión sobre la línea editorial. Nadie ha sondeado qué tipo de agenda desearíamos leer.En un alarde de generosidad pero sin precisar de dónde sacará los fondos, Correa ha prometido que modernizará las instalaciones, la rotativa y el edificio del periódico. Y en un hábil ejercicio de silencios, calla ante la necesidad de saber en qué momento la Agencia de Garantía de Depósitos (AGD), que controla el diario, restituirá su dinero a los ex depositantes del Banco del Progreso.Se trata de otra omisión. Y más grave: si el gobierno llegara a concretar sus cuantiosas promesas para El Telégrafo lo estaría haciendo con la plata de todos los ecuatorianos, con los recursos económicos que un régimen socialista del siglo XXI tendría la obligación de invertir en programas sociales que trasciendan la política demagógica de duplicar las limosnas para los más pobres.Pocas semanas después de que asegurara que El Telégrafo se vendería y que no se convertiría en medio gubernamental, Correa, que ha mostrado un escaso conocimiento de cómo funciona la prensa por dentro, parece erigirse no solo en un obstinado crítico de los medios sino en su competidor directo. Un diario es una nación hablándose a sí misma, decía el dramaturgo norteamericano Arthur Miller. En el caso de El Telégrafo quizás ocurra algo distinto: un Presidente hablándose a sí mismo.
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