Rubén
Darío Buitrón, Migrapress
¿Quiénes
deben tomar las decisiones sobre los contenidos informativos que
necesitan los ciudadanos para acercarse a la realidad, interpretarla y
tomar decisiones sobre ella? Los ciudadanos.
Una sociedad
ejerce la democracia mediática cuando quienes tienen la palabra
son los
afectados, la gente a la cual perjudica o beneficia cada
decisión del
poder político.
¿Quiénes son los afectados, perjudicados o beneficiarios
de las decisiones del poder político? Los ciudadanos.
Son
ellos quienes tienen el deber y el derecho de construir el modelo de
comunicación que se adapte a sus necesidades, a su historia
colectiva,
a su historia cotidiana, a la búsqueda de caminos para llegar al
pais
que ellos quieren: diverso, inclusivo, amplio, respetuoso.
Es
cierto que a los ciudadanos les corresponde exigir que las
políticas
mediáticas de las empresas periodísticas privadas tengan
el objetivo de
educarnos, de darnos luces, de crear espacios pluralistas y abiertos
donde ejerzamos la libertad de opinar, aportar, expresarnos, deliberar,
debatir, aportar con ideas constructivas. Les corresponde exigir que
esas políticas les entretengan, diviertan y eduquen
estéticamente con
respeto y buen gusto.
Pero
también es cierto que esos derechos no terminan allí.
Más bien se
fortalecen y refuerzan frente a las políticas estatales de
información.
Así que, en este caso, a los ciudadanos les toca, con mayor
razón,
incidir directamente en las líneas maestras de
comunicación, conminar a
quienes les representan -o dicen representarlos- a que desde sus
distintas posiciones de poder garanticen el derecho de todos a la
información oportuna, directa, sin restricciones, sin filtros.
Hace
dos meses, en un debate pre-electoral sobre medios de
comunicación
escuché, con cierto asombro y mucha desazón, que uno de
los asistentes,
identificado como apasionado seguidor de Alianza País (AP),
dejó en
escombros el trabajo de la prensa y los periodistas ecuatorianos y
planteó la necesidad de que cuando AP llegue a la asamblea y sea
mayoría absoluta haga lo mismo que han hecho, según
él, los poderes
mediáticos: control de contenidos, restricción de
espacios a la
oposición, apoyo irresctricto al gobierno.
Mi
respuesta en aquel foro fue que si en realidad AP dice ser la
alternativa a la partidocracia debería tener cuidado sobre su
concepción del poder y debería ejercerlo de la manera en
que espera la
mayoría ciudadanía que confía en ellos.
Muchos ecuatorianos
tienen fe en que AP es un proyecto distinto, nuevo, capaz de escuchar,
con sentido de que el poder político democrático implica
no tomar
resoluciones arbitrarias. Por eso, cuando escucho versiones,
aparentemente no oficiales, de que podría haber restricciones
“técnicas” a la cobertura periodística de los medios en
la Asamblea me
niego a creer que sea un problema de infraestructura.
Más
bien sospecharía que detrás de esas declaraciones, ahora
desmentidas,
podría esconderse una actitud reduccionista y maniquea que
se sintetice
en que a las medias verdades del pasado hay que responder con las
medias verdades del futuro.
Cuidado. Una ética a espaldas de
los derechos de los ciudadanos no es lo que espera el alto porcentaje
de ecuatorianos que confía en AP.