‘MUSEO "EL OBRAJE" Otavalo- Imbabura- Ecuador ‘

Por: Migrapres (Noemí Ulloa)
(corresponsal en Quito)


Si despues de moler 25 libras de morocho en una piedra no le salían ampollas en las manos, la novia estaba lista para casarse ¿Y el novio? Debía arar al menos un cuarto de hectárea (2.500 metros cuadrados) desde las 04h00 de la mañana y terminar la tarea –sin desmayar- hasta medio día”. ( testimonio ).

Según nos cuenta don Luis Maldonado con un dejo de añoranza, esta era una de las costumbres en las comunidades indígenas que bordean el Lago San Pablo, en Otavalo, provincia de Imbabura.
Conocida como la “Provincia de Los Lagos”, por albergar varias formaciones de agua aptas para la pesca y los deportes de aventura.

Situada en la Sierra Norte de Ecuador, Imbabura cuenta con un agradable clima seco y una temperatura que oscila alrededor de los 18 grados centígrados. Su producción artesanal ha hecho que sus habitantes indígenas, principalmente los Otavalos, sean conocidos en todo el mundo.

MUSEO “EL OBRAJE”

Luis Maldonado y su esposa, doña Luz María Lema, mantienen y administran, en su domicilio, en el centro de Otavalo, el Museo “El Obraje”, un lugar único, al que dedican sus esfuerzos para preservar la cultura indígena. 
Allí se exhiben instrumentos de labranza y cultivo, telares antiguos, materiales e implementos que formaban parte de la cotidianidad de las comunidades.

En un espacio de alrededor de 120 metros cuadrados, el visitante puede hacer un recorrido de siglos, desde cuando la leña de eucalipto, convertida en ceniza y mezclada con agua, servía como jabón.

El proceso del tejido tiene una larga historia que empieza con la clasificación de la lana del borrego: “la del cuerpo es la más fina, para sacos y prendas delicadas; con la de la barriga y brazos se hacen fachalinas y tazinas (chalinas y gorras); y, la del cuello y patas sirve para cobijas”.

El hilado se hacía a mano para luego teñir la lana con toctes (el producto del nogal) “cuatro de ellos para el color café, tres para el chocolate, dos para el beige”.

Luego se pasaba a bobinarla manualmente para llevarla a la urdidora, donde se mezclan las lanas para llevarlas a un telar rudimentario, donde se tejían unos 40 metros en dos horas de trabajo.

“Entonces el tiempo no importaba y tejíamos para nosotros, no para vender”, dice don Manuel, al recordar que las mujeres otavaleñas hilaban mientras caminaban por los verdes sembradíos. “Ahora salen a la calle y no hacen nada”.

En cuanto a la agricultura, nos muestra la única herramienta que utilizaban hace unos 80 años: un palo de arrayán en forma de pico.

Tanto el telar mecánico como los implementos para labrar la tierra fueron traídos por los españoles en el siglo XV.

LA TRADICIÓN SE PIERDE

En la actualidad solo tres familias, dos de Ilumán y una de Peguche,  mantienen y utilizan los telares manuales, el resto de artesanos han montado pequeñas, medianas y grandes empresas textiles.

La diferencia de precios de los productos es enorme, aunque la calidad de los primeros es indiscutible.  Un poncho tejido a mano cuesta 250 dólares, el de dos caras, prenda típica de los indígenas otavaleños, está en 500 dólares, mientras el de fábrica se vende en 50 dólares. upciónras nos cuenta anécdotas de otros tiempos, Don Luis, quien bordea los 75 años, hace bajar lo máximo para vivir mejor.  Aquí eran racistas y trataban mal a la gente pobre, yo quería superarme y hacer todo lo posible porque la gente viva mejor.  He hecho respetar a la gente, aunque sea pagando plata al abogado”, expresa con energía.

Ecuador, el mejor país


“Mis abuelos eran analfabetos, mis padres sabían leer y yo estudié unos pocos años en el Colegio Mejía, de Quito. Un gringo checoslovaco me pagaba 100 sucres al mes para que yo estudiara y luego fuera su Secretario, pero no me acostumbré y regresé a Otavalo”, recuerda con nostalgia, mientras la miel de la tarde otavaleña da paso a un crepúsculo violeta.

Don Luis es padre de Mario Maldonado, un médico catedrático de la Universidad de Pittsburg en Los Angeles, y de Luis Maldonado, quien se desempeñó como Ministro de Bienestar Social en el régimen de Gustavo Noboa.

De sus viajes por el mundo para exponer y vender su artesanía conserva recuerdos gratos de Berlín, Ámsterdam, Miami, Chicago, Los Ángeles y Montreal.

- ¿Qué ciudad o que país le gustó más? -Le pregunto-
- Ninguno me gustó tanto como Ecuador, -responde con total seguridad- al despedirnos con un abrazo al tiempo que sonríe y acaricia con la mirada, las rosas, nardos, jazmines y hierbas aromáticas que perfuman su jardín.


Otra noticia.

Mercados de Otavalo

En el gran mercado artesanal en la Plaza de los Ponchos, los visitantes pueden encontrar una variedad de productos, como sacos y chompas, muñecas hechas a mano, carteras, sombreros, joyas, cuadros, máscaras y juegos tallados a mano, y hasta antigüedades. Los vendedores están en la plaza todos los días de la semana. Los sábados y los miércoles son los días de feria.

El mercado doméstico tiene un especial aspecto, se puede dar un paseo observando los distintos productos que se ofrecen y el mercado de la carne. Está ubicado al oeste de la plaza del pueblo (Parque Central). La gente de Otavalo y otras comunidades vecinas se reúnen aquí diariamente para vender y comprar todo, desde papayas hasta fragantes especies, y desde cuero de chancho hasta rosas.

Los sábados en la mañana también se puede recorrer el famoso mercado de animales, a donde se llega por el camino de las Palmeras, para ver a los campesinos y otros vendedores, comerciando sus vacas, chanchos, borregos y llamas.

Asimismo, se puede visitar el famoso mercado de animales, bajando por el camino de las Palmeras, para ver a los campesinos y otros vendedores, comerciando sus vacas, chanchos, borregos y llamas.

COMENTARIO

Conservar la identidad

El nuestro es un mundo que camina a un ritmo frenético e irreflexivo, al compás que le marcan las nuevas tecnologías y las agresivas economías. Estamos asistiendo, casi impasibles, a una revolución que está dando paso a una sociedad poco preocupada por conservar los valores humanísticos y, en definitiva, sus propias señas de identidad. El resultado es la llamada era de la globalización.

Frente a ello, las modernas ciencias sociales no pueden, ni deben, prescindir de las experiencias del pasado, con el fin de conservar una perspectiva y una referencia sobre las que apoyar sus propios criterios y puntos de vista.

No se puede afirmar que el conocimiento histórico sirva para predecir el futuro, ni para proporcionar modelos de conducta humana infalibles. Pero lo que sí parece evidente es la necesidad social de contar con una conciencia de pasado colectivo. Sólo así podremos comprender mejor lo que fuimos y, sobre todo, lo que somos. La incomprensión del presente nace de la ignorancia del pasado.

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